''Si mato a esa bestia, de seguro el gobernador de la ciudad me recompensará'' pensó entusiasmado.
Cuando se acercaba a la colina donde habían divisado al dragón, el caballo se detuvo bruscamente. El animal comenzó a relinchar y se negó a dar un paso más, señal de que la bestia estaba cerca.
Sebastián desmontó y continuó a pie el resto del camino, teniendo preparado su grimorio elemental para cualquier eventualidad. Justo a la mitad del camino la tierra comenzó a vibrar, y escuchó un rugido apagado pero potente, un indicio de que se las tendría que ver con un animal grande. Cuando avanzó tres cuartas partes del camino, abrió su grimorio, en la página de la Enseñanza del Relámpago; al hacerlo, diminutas chispas recorrieron las hojas y Sebastián sintió como una corriente eléctrica viajaba por su cuerpo. Lentamente siguió avanzando, listo para lanzar su hechizo cuando fuera necesario.
Y ahí estaba, en la cima, un dragón pardo que levantaba su gran cabeza y rugía con todas sus fuerzas.
-¡Vamos, apestosos mortales! -decía con su bozarrón- ¡Aquí los espero! ¡Envíen a sus guerreros, ejércitos y las huestes que crean necesarias para derrotarme!
Y para enfatizar su desafío lanzó una llamarada al aire.
Sebastián observó bien a la bestia y esbozó una media sonrisa.
''No es un dragón arcano, como decían los rumores. A lo mucho tendrá cien años, sus escamas aún no obtienen ese color oscuro de obsidiana, así que tampoco serán tan duras. Esto será pan comido''
-¡Hola! -dijo Sebastián alzando la voz.
El dragón dejó de escupir fuego al aire y giró su cabeza para observar, extrañado, al recién llegado.
-¿Y tú quien eres, sabandija? -tronó su voz.
-Soy Sebastián, o Sebas, para los amigos. Un mago que ha venido aquí, escuchando tu desafío.
El dragón soltó una risotada que se escuchó a varios kilómetros a la redonda.
-¿Un insignificante gusano como tú se atreve a desafiar al gran Midgardsormr, El Señor de los Cielos?
-¿Midgardsormr? ¿Tú? -dijo Sebastián con un tono de duda nada disimulado.
-¿Te atreves a dudar de mí, mortal? -dijo el dragón, molesto.
-Midgardsormr es un ser muy antiguo, se dice que es más viejo que el mundo, y como los dragones aumentan de tamaño conforme pasa el tiempo su tamaño sería descomunal; más grande que la montaña Mihal. Tú sólo tendrías a lo mucho cien u ochenta años.
-¡No importa el tamaño! ¡Lo que importa es el poder! Algo pequeño puede ser muy poderoso -dijo el dragón ligeramente nervioso.
Sebastián lo observaba con aire de duda, había algo en ese dragón que no lo convencía acerca de su poder.
-Bueno, ¡sólo hay una forma de averiguarlo! -exclamó el mago alistando su grimorio.
Dragón y mago se enzarzaron en una lucha que duró apenas unos quince minutos. El dragón, derrotado, cayó de barriga sobre el costado de la colina, y después comenzó a rodar hasta que cayó por un acantilado. Segundos después se escuchaba un estruendo y la tierra se sacudía.
-Definitivamente no era Midgardsormr -dijo Sebastián guardando su grimorio y sacudiendo sus ropas-, el Rey de la Creación no se molestaría en descender de los cielos sólo para hacer ruido.
De vuelta en la ciudad portuaria de Merithea, Sebastián fue a cobrar su recompensa, sólo para descubrir que nunca existió alguna.
-Ese dragón no molestaba a nadie, todo lo que hacia era gritar y arrojar fuego al aire como si fuera una fuente. Pobre bicho, sólo fuiste a arruinarle el día -le había dicho el secretario de gobernador.
Y así, el mago Sebastián caminaba molesto por la calle, soltando maldiciones e improperios.
-Maldita sea, eso me pasa por no investigar más, yo creí que habían puesto una recompensa en la cabeza de esa lagartija ¡podría haber pagado una de mis deudas!
-¡Oye Sebastián! -gritó de repente alguien.
El mago, extrañado de que alguien lo llamara por nombre, buscó con la vista al inoportuno. Descubrió aun hombre que lo observaba molesto, desde la entrada de un bar.
-¿Ya piensas pagarme lo que debes? -dijo el hombre.
Por toda respuesta, el mago se caló su sombrero hasta abajo y apresuró el paso, alejándose de su acreedor quien ya pedía a gritos la presencia de los guardias.
Ahora se encontraba en el campo, apresurándose hacia otra ciudad; durante su combate contra el dragón, este le había caído encima al caballo convirtiéndolo en una mancha sanguinolenta. Lo peor de todo fue que se lo habían prestado, así que su muerte se sumó a las deudas que arrastraba Sebastián. Así que ahora debía caminar, sin medio de transporte más que sus pies y con la amenaza de ser arrestado.
-Maldita sea mi suerte, todo me pasa por no medir mis gastos, y dejarme engatusar por el poker y las mujeres. Pensé que si me convertía en mago me darían trabajo en cualquier lado, donde ganaría mucho para vivir bien, ¡pero hasta ahora sólo he obtenido deudas y más deudas!
El camino giró en un recodo, donde se le presentó ante su vista el esplendido escenario de un mar tranquilo y el cielo despejado. Esta estampa tan escénica impresionó tanto a Sebastián que se detuvo para admirarla, además que le hizo olvidar sus problemas por un momento.
Mientras recorría con la vista el horizonte, sus ojos se toparon con una figura muy familiar; por un momento creyó que eran un montón de rocas, pero cuando lo observó mejor descubrió que era el dragón.
Sebastián frunció las cejas, cuando un pensamiento siniestro le cruzó la mente.
''Si lo mato podré vender las partes de su cuerpo''
Sin dudarlo más abandonó el camino y rápidamente se dirigió hacia su objetivo.
Avanzó furtivamente, escondiéndose detrás de rocas y malezas hasta llegar cerca del dragón. Oculto detrás de una mata de zarzas, abrió su grimorio en la sección de la Palabra de Fuego, y se preparó para el combate.
''Es mejor tomarlo por sorpresa'' pensó Sebastián.
Mientras lo observaba, notó un cambio drástico en su comportamiento; ya no rugía y lanzaba fuego, desafiando a guerreros y magos, sólo permanecía sentado, con las alas flácidas a los lados mientras miraba hacia el mar. Tenía el aspecto de un perro muy grande a quien hubieran regañado por morder un trozo del pavo de la cena.
Sebastián se dispuso a atacarlo, pero hubo algo que lo detuvo; en la mirada del dragón se podía leer algo parecido a la tristeza; pero no la causada por la derrota que sufrió a manos de un humano, era algo más profundo. Muy a su pesar le recordó a una época de su vida, cuando creyó que había obtenido el más importante logro en su recién iniciada carrera de mago, pero se convirtió en cenizas y polvo, dejándolo devastado.
Soltando un suspiro guardó el grimorio y salió de su escondite, como estaba tan cerca el dragón notó movimiento; giró su cabeza y descubrió al mismo mago que horas antes le había dado una paliza.
-¿Tú de nuevo? -rugió, furioso.
-Hola -respondió Sebastián, con timidez.
-¿Qué diablos quieres ahora? Ya me enfrenté a ti una vez y perdí, no busqué revancha ¿Y ahora vienes a molestarme de nuevo? ¿Acaso uno no puede tener un momento de paz sin que algún advenedizo tenga delirios de grandeza al querer enfrentarse a un dragón? ¡Demonios! Hasta una sepultura maldita tiene más momentos de paz que yo.
-Oh amigo, tranquilo -dijo Sebastián en tono conciliador-, sólo pasaba por aquí eso es todo, además que, si no más recuerdas tú eras quien quería enfrentarse a un guerrero ¿cierto? Sólo hice caso a tu desafío.
El dragón, visiblemente molesto, le lanzó una fría mirada a Sebastián quien por un momento creyó que el conflicto era inevitable, pero en vez de atacarlo regresó su vista hacia el horizonte. El mago esperó unos momentos, pero al ver que no ocurría nada también se puso a admirar el panorama.
Dragón y mago contemplaban el mar, cada quien sumido en sus propios pensamientos.
-Por cierto, ¿porqué querías luchar contra alguien? -preguntó Sebastián, para romper el hielo.
-Por que quería que mi nombre fuera recordado -contestó el dragón.
-¿Tu nombre fuera recordado? -dijo el mago extrañado-, ¿Midgardsormr?
-No, ese no es mi nombre -dijo el dragón apenado-, precisamente porque ni nombre no es famoso quería que fuera recordado.
-¿Y cómo te llamas?
-Halufax.
-¿Y porqué deseas que tu nombre sea recordado?
-Nosotros los dragones no tenemos miedo a morir, después de todo, ese es el ciclo natural de la vida. Pero nuestro mayor miedo, es que nadie recuerde nuestros nombres, eso sería peor a morir.
-Comprendo -dijo Sebastián asintiendo-, deseabas enfrascarte en una batalla que fuera legendaria pera que tu nombre fuera recordado, pero Halufax, si fueras eliminado solamente tu matador sería recordado, no tú.
-¡Pero mi nombre quedaría unido al del guerrero que me hubiera ultimado! -rugió Halufax con entusiasmo.
''Vaya, los dos buscamos fama. Yo fracasé en obtenerla, y esta lagartija moriría por tenerla'' pensó Sebastián.
-Pero, ¿porqué el apuro? Tan sólo tienes cien años...
-Ochenta -corrigió el dragón, apenado.
-Ochenta, te queda casi una eternidad por vivir, y ten por seguro que serás famoso de alguna forma.
-Habémos ya muy pocos, mortal, cada vez hay menos dragones, y la gran mayoría de ellos murió en el anonimato. Yo, aunque soy joven, no deseo desaparecer así, ¡quiero que mi nombre quede escrito en piedra para la posteridad!
-¿Y no se te ocurre otra forma de alcanzar la fama? Por que siendo sincero no eres un gran combatiente, y como ya haz atestiguado eliminarte no es tan difícil.
Halufax no contestó, solamente dirigió su vista al horizonte.
-Dime, mago, ¿acaso alguien ya ha medido cuán profundo es el mar?
Sebastián también observó hacia el horizonte, comprendiendo lo que Halufax pensaba.
-Se han hecho intentos, al menos se sabe que la bahía de Marni tiene cerca de quinientos metros de profundidad.
-¿Y es exacta esa medición? -preguntó el dragón.
-Es sólo una aproximación -respondió Sebastián.
Los dos se quedaron observando de nuevo al horizonte. Entonces, súbitamente, Halufax golpeó el suelo con un puño, sorprendiendo a Sebastián.
-¡Eso es! -rugió el dragón- ¡Eso es lo que haré! ¡Iré a todos los mares conocidos y mediré cuan profundos son! ¡De esa forma me haré famoso! ¡Hasta la vista, mortal!
Batió sus alas que levantaron torbellinos y alzó vuelo alejándose, dejando a Sebastián confundido por la extraña plática que tuvo.
Días después, Sebastián se paseaba por las calles de Merithea cuando vio un cartel pegado en el tablón de anuncios.
''SE BUSCA MAGO,
EXPERTO EN HECHIZOS
DE PROTECCIÓN.
HABRÁ BUENA PAGA.
INTERESADOS PRESENTARSE
EN LA COLINA UBICADA AL SUR''
La nota estaba firmada por un tal ''Señor Halufax''.
-¿Qué estará planeado ese dragón? - se preguntó Sebastián.
Intrigado, se dirigió a la colina antes mencionada, que fue donde lo encontró por primera vez. Al llegar, el dragón lo recibió entusiasmado.
-¡Ah! ¡Mortal! Así que bienes en busca de trabajo ¿eh? -rugió el dragón.
-Antes que nada, debo recordarte que me llamo Sebastián, y sí, en parte por eso estoy aquí, aunque me extraña que un dragón requiera los servicios de un mago.
-¿Recuerdas que me propuse medir cuan profundos son los mares? Pues bien, para practicar probé a llegar hasta el fondo de algunos lagos profundos, después pase a los mares. Llegué hasta el fondo del mar de Mahu y el Paso de Siforán, pero para mi vergüenza el mar de Gorgas probó ser demasiado para mi, no creo haber pasado más allá de los quinientos metros.
''Quinientos metros, la mejor medida que se tiene es de apenas doscientos, ese animal en verdad logró llegar más profundo, pero no hasta el fondo''
-¿Y qué fue lo que te detuvo? -preguntó Sebastián.
-El agua profunda es fría y oscura, pero son cosas que nosotros los dragones podemos soportar bien, lo que me detuvo fue la opresión de las aguas.
-¿La opresión de las aguas? -dijo el mago extrañado.
-Sí, los primeros cien metros la pude soportar, pero conforme bajaba sentí una sensación opresiva por todo mi cuerpo; era como ser aplastado por una montaña en cada una de mis escamas ¡Una sensación terrible! Así que por eso me decidí a buscar un mago que me ayude en ese aspecto ¿Eres capaz de crear un hechizo que me proteja de la opresión?
Halufax le lanzó una mirada inquisitiva a Sebastián, sin embargo el mago no se dejó intimidar; ya había soportado otras miradas peores.
-Hum bueno -comenzó a decir mientras se alisaba la barba-, aunque me sé algunos hechizos de ese estilo, pero una cosa es protegerse contra espadas, flechas y magia y otra muy diferente a desafiar las profundidades de los mares. Pero antes de que dé mi palabra, ¿de cuanto será mi pago? Si se puede preguntar.
Halufax abrió un portal en medio del aire, donde metió una de sus patas y sacó un cofre. Lo colocó en el suelo y lo abrió; centelleos dorados de las monedas de oro, diamantes que reflejaban la luz del sol en miles de luces y los brillos de otras joyas literalmente dejaron hechizado a Sebastián, cuyos ojos estuvieron a punto de salirse de sus cuencas por el asombro que causaba semejante tesoro.
-Si aceptas, te daré la mitad del contenido de este cofre; si logras crear un hechizo que me proteja de la opresión te daré el resto cuando haya comprobado que funciona, caso contrario te convertiré en carne chamuscada ¿qué dices?
-¡Acepto! -dijo el mago sin dudarlo.
Después de recibida su primera parte del pago, Sebastián saldó sus deudas -al menos las más importantes-, y disfrutó el resto del oro en bebida, comida y mujeres. Pero pasada la euforia vino la realización de la situación en la que estaba; había hecho un trato con un dragón para hacerle un hechizo del que Sebastián sabía poco, o nada. Sin embargo, romper un contrato con un dragón era muy diferente a no pagarle a simples mortales, así que sin decir más puso manos a la acción.
Dos días después regresó con el dragón, a quien le explicó su plan, pero al llegar a cierta parte causó un marcado fruncimiento de cejas en Halufax.
-¿Que lleve cargando un piedra? ¿Hablas en serio, mortal? -rugió el dragón.
-Así es, mi estimado Halufax -dijo Sebastián tratando de sonar convincente.
-¿Acaso el hechizo que has creado no funciona? -dijo la bestia de nuevo, más molesta.
-¡Por supuesto que sí! -repuso Sebastián-, es el mejor hechizo de uno de mis maestros, solamente menciono el uso de una roca porque te ayudará a llegar más rápido al fondo del mar. Pero lo repito de nuevo; funciona.
Halufax observó a Sebastián con desconfianza; tan sólo habían pasado tres días y el mago llegó con un hechizo, para el dragón había sido muy poco tiempo para crear un hechizo verdaderamente efectivo; él nunca le dio un tiempo límite, tan sólo que lo hiciera. Y ahora ahí estaba, después de tres días y mencionando el uso de una roca. Pero el dragón tenía prisa, aunque podía vivir muchísimo tiempo, pero no esperaría tanto para alcanzar la fama.
-Bien, te creeré, buscaré una roca y vendrás conmigo.
Sebastian se quedó petrificado en su lugar.
-¿Que yo iré contigo? -exclamó asustado.
-¡Claro que sí! ¿Acaso no quieres probar que tan efectivo es tu hechizo? Así tendré confianza en tu trabajo y te contrataré para trabajos futuros. Además, que falta la mitad de tu pago, ¿acaso no quieres asegurarte que tu empleador sobreviva para pagarte?
Sebastián había olvidado lo astutos que pueden ser los dragones, además, sin contar que faltaba la mitad de su pago. Resignándose, subió a la espalda de Halufax y ambos partieron.
El dragón recogió una roca del tamaño de la mitad de su cuerpo, usando magia la aligeró y se dirigió al mar de Gorgas, llegó al punto donde intentó su primer inmersión.
-¿Estás listo, mago? -gritó.
Sebastián, sacó su grimorio y una piedra mágica, abrió su libro y recitó un encantamiento.
-¡Listo! -gritó Sebastián.
Y dándose impulso se sumergió en el mar.
El dragón descendía rápido, atravesando como un bólido las aguas ayudado por el peso extra de la roca. El hechizo estaba activo, aunque a la profundidad en la que estaban no era necesario utilizarlo; la presión era soportable para un dragón, pero conforme descendían la situación comenzaba a cambiar. Sebastián nunca se imaginó que tendría que acompañarlo, así que mientras volaban hacia su destino tuvo que modificar el hechizo rápidamente; no sólo tenía que proteger al dragón de la presión, también debía proteger a su pasajero además de proporcionarle oxígeno.
Habían dejado atrás la zona donde todavía llegaban los rayos del sol, ahora descendían atravesando una masa de aguas tan oscura y fría como la muerte; esta alegoría no le agradó del todo al mago.
-¿Como te sientes? -gritó el mago.
-¡Muy bien! -respondió el dragón- ¡parece que tu hechizo funciona!
-¿Y hasta donde iremos? -preguntó Sebastián con tono preocupado.
-Hasta tocar fondo.
-¿Y si no lo hay?
-¡Continuaremos hasta legar al Averno! -dijo Halufax soltando a reír.
''¡Maldita lagartija! ¡Yo si quiero salir con vida!'' pensó Sebastián aterrorizado.
La oscuridad era total, el mago no podía ver más allá de sus narices, a donde quiera que observara sólo veía una negrura completa, además que el frio calaba en los huesos. Pero el dragón continuaba descendiendo, imperturbable ante el ambiente tan tétrico que los rodeaba.
Sebastián consultó su reloj de bolsillo, había transcurrido cerca de dos horas desde que se sumergieron, pero seguían descendiendo y parecía que no tendría fin.
''Demonios, en qué situación me habré metido, sólo le iba a entregar el hechizo y que el dragón fuera quien lo pusiera en práctica. Ahora me vi obligado a acompañarlo en esta insensata aventura de la cual tal vez no regrese'' pensó Sebastián.
Había creído que a esa profundidad, donde la luz del sol había sido desterrada, no habría signos de vida, pero grande fue su sorpresa cuando se encontraron con la más variada colección de criaturas marinas; peces con enormes bocas llenas de dientes afilados, otras criaturas larguiruchas que emitían luz propia mientras retozaban en las frías aguas. Su rareza daba cuenta del lugar donde habitaban, seres deformados por haber vivido tanto tiempo en esas profundidades. Pero todos esos animales no inspiraban el terror suficiente como para perturbar a Sebastián, sin embargo, después de esas criaturas pasaron de largo una forma oscura y atemorizante; no pudo ver el cuerpo completo, porque sencillamente era tan largo que desaparecía en las oscuras aguas, solo podía observar un esbozo de una criatura que tendría unos cincuenta metros de ancho; cuatro veces el largo de Halufax.
Por unos instantes Sebastián quedó aterrorizado, creyendo que serían engullidos por semejante bestia, pero el misterioso leviatán continuo su avance sin inmutarse por las pequeñas criaturas que había a su alrededor.
Ya habían transcurrido cerca de seis horas, y el fondo del mar todavía no se vislumbraba.
-¿Hasta donde tendremos que llegar para tocar el fondo, dentro de las mismas entrañas de la Tierra? -dijo el mago, preocupado.
De pronto, notó algo extraño.
A unos metros abajo de ellos, apareció una forma blanquisca, como la niebla que aparece en plena madrugada cuando todavía está oscuro. Pero conforme bajaban la visión comenzó a ser más clara hasta convertirse en una luz clara y blanca.
-¿Qué es eso? -dijo Sebastián azorado.
-No lo sé, pero allá es donde nos dirigimos -contestó Halufax.
El mago observó asombrado, preguntándose que sería esa extraña iluminación. Pero al descender más, quedó a plena vista la fuente de esa luz, y las más absurdas ideas que hubiera tenido Sebastian acerca de lo que había en el fondo quedaron empequeñecidas ante lo que tenía a la vista; un enorme trozo de cristal tan brillante que parecía una estrella que apareció en el fondo del abismo. Este cristal se extendía a lo largo del fondo marino como una costra brillante; la superficie tenía un aspecto liso y pulido, sin ninguna imperfección a la vista; la avaricia de Sebastian se inflamó, imaginándose cuanto podría valer tan sólo un trozo de ese cristal.
Pero los dulces sueños de oro y fama fueron cortados abruptamente, cuando la piedra mágica comenzó a sacudirse en la mano de Sebastián; esto era señal de que se estaba debilitando.
-¡Halufax! -exclamó con premura el mago-, ¡tenemos que regresar! ¡El poder del hechizo se está acabando!
-No puedo regresar -dijo el dragón terminante.
-¿Pero que dices? -dijo Sebastián azorado- ¡Si el hechizo desaparece entonces los dos moriremos aplastados por las aguas!
La piedra mágica comenzó a resquebrajarse, Sebastián sentía como se desmoronaba en sus manos.
-¡Halufax, no seas necio! -exclamó el mago.
De pronto, el dragón se sacudió tan fuerte que el mago se se separó de su lomo. Rápidamente, una gran mano atrapó al mago y con las garras le quitó la piedra mágica; hizo toda esta acción teniendo cuidado de no hacerle daño a Sebastián. Entonces, el mago se vio rodeado por una burbuja y comenzó a ascender.
-¿Que estás haciendo? -gritó extrañado.
-Aquí nos despedimos, Sebastián, no regresaré contigo ya que siento que ese gran cristal me llama, así que continuaré mi viaje hasta llegar a la Eternidad. No deseo arrastrarte conmigo en mi necedad, así que te envío de regreso, protegido por esta burbuja. El resto de tu pago se encuentra enterrado en la colina donde nos encontramos la primera vez, es tuyo. No tengo más que decir, así que adiós.
Halufax continuó descendiendo hacia la luz, mientras que Sebastián ascendía rápidamente, de vuelta a la superficie.
El pobre mago fue arrojado a la playa por la marea; estaba empapado y temblaba de frio. Cuando observó hacia el cielo la luz del sol lo cegó momentáneamente. Después de descansar un tiempo se dirigió a la colina, donde encontró la otra mitad del pago, tal y como había prometido Halufax.
Con el dinero que tenía, Sebastián terminó de pagar el resto de sus deudas, la cuales eran considerables, aunque le quedó todavía algo de dinero. El mago no sabía que pensar de toda esta aventura, y cuando la contó nadie le creyó; todo mundo estaba convencido de que era imposible llegar hasta el fondo del mar.
''Malditos necios'' pensaba ''no porque algo no se haya intentado siquiera signifique que no se pueda''.
Sin embargo, pasado el tiempo, comenzó a correr un rumor entre los marineros y pescadores, en especial todos aquellos que han cruzado las aguas de mar de Gorgas.
''En noches de buena luna, cuando el mar está calmo, y el cielo despejado, hay veces que se ve un destello en el horizonte en plena oscuridad; es tan repentino y fugaz que uno creería que es solo tu imaginación, pero ese destello es acompañado por una carcajada tan fuerte que hace vibrar hasta el mismo aire; algunos han dicho que ven la silueta de un dragón que sostiene el trozo de una estrella''
-Maldita lagartija, parece que lograste lo que deseabas -dijo Sebastián, pero sin sentir animosidad contra el dragón.
Él mismo también se dedicó a esparcir el rumor, que se convirtió en leyenda, pero agregando el nombre del dragón y su aventura hacia el fondo del mar. Así que ahora la leyenda cambió de esta manera:
...En noches de buena luna, cuando el mar está calmo, y el cielo despejado, hay veces que se ve un destello en el horizonte en plena oscuridad; es tan repentino y fugaz que uno creería que es solo tu imaginación, pero ese destello es acompañado por una carcajada tan fuerte que hace vibrar hasta el mismo aire; entonces, podrás ver en el horizonte la silueta del dragón Halufax, quien en su búsqueda hacia el abismo del mar, se encontró con un trozo de estrella, la cual presume a los mortales dando a conocer su viaje para que nadie lo olvide...
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